¿Qué es un Texto Narrativo?
Es un tipo de texto que relatan hechos reales o ficticios que les suceden a unos personajes en un tiempo y lugar determinados. La principal finalidad de este tipo de texto es contar una historia, con el objetivo de entretener, informar, conmover o transmitir un mensaje.
- Elementos fundamentales de la narración:
- Narrador: Es la voz que cuenta la historia. Puede ser:
Testigo (1ra 3ra persona)
Omnisciente (3ra persona)
- Inicio: Presentación de los personajes, el lugar y la situación inicial.
- Nudo: Aparece el conflicto o problema central.
- Desenlace: Resolución del conflicto, cierre de la historia.
Galería de cuentos
La rosa y el sapo
En un precioso jardín, una rosa y un sapo habían ido creciendo juntos. Durante mucho tiempo compartieron todo tipo de vivencias, secretos y, sobre todo, una amistad que parecía eterna.
La vida iba pasando y el sapo observaba cómo su amiga se volvía cada vez más y más hermosa. Para él era un placer ir a visitarla, saltar a su alrededor y contarle todo lo que sucedía fuera de aquel jardín.
Pero la rosa comenzó a darse cuenta de su hermosura y de la atracción que ejercía sobre la gente que la miraba.
El único problema era que, de vez en cuando, aparecía un sapo dando saltos a su alrededor que espantaba a los que se acercaban.
Llegó el día en el que la rosa, ya cansada de
la situación, habló con el sapo.
-Oye -le dijo-, ¿no podrías hacer lo mismo
que haces aquí, eso de ir saltando de un lado a otro, en cualquier otra parte
del jardín? -Pero... -contestó confundido- hasta ahora nunca te había molestado
mi presencia, siempre te había gustado tenerme alrededor... -Sí, es cierto,
pero me he dado cuenta de que espantas a todos los visitantes que vienen a
verme. Les asustas y además... tu aspecto ya no armoniza con mi belleza.
-Vaya... -contestó triste el sapo- qué lejos han quedado aquellos tiempos...
Ambos se quedaron callados durante una eternidad. Él esperando una rectificación y ella, en cambio, esperando a que se fuera. -Vale... -contestó finalmente el sapo- no te preocupes, el jardín es muy grande, puedo irme a cualquier otro sitio -y se alejó de allí.
Y la primavera pasó, y el verano, y también el otoño...
Y durante todo aquel tiempo, ambos hicieron
su vida por separado. No volvieron a verse en meses, hasta que un día el sapo
decidió acercarse a visitar a la rosa.
Pero al llegar se quedó totalmente
sorprendido. Su amiga, aquella bonita flor, estaba ahora marchita, apenas
quedaba rastro de la belleza que había tenido meses atrás. Sus pétalos estaban
agujereados, su tallo caído...
-Hola, Rosa.
-Hola, Sapo -contestó ella con rocío en las
mejillas.
-Pero, qué te ha pasado? qué te han hecho?
¿por qué tienes tan mal aspecto?
-No lo sé. Los primeros días todo fue
bien, pero poco a poco comenzaron a comerme los bichos, sobre todo las
hormigas. Un día un picotazo aquí, otro día otro picotazo allá y se han
apoderado de mí...
-¡Ay, Rosa! -le contestó el sapo- nunca te
diste cuenta de que antes había alguien que se comía todos esos bichos que
estaban cerca de ti. Estabas demasiado ocupada observando tu propia belleza.
Las estrellas de mar
Una mañana de invierno, un hombre que
salía a pasear cada día por la playa, se sorprendió al ver miles de estrellas
de mar sobre la arena, prácticamente estaba cubierta toda la orilla.
Se entristeció al observar el gran
desastre, pues sabía que esas estrellas apenas podían vivir unos minutos fuera
del agua.
Resignado, comenzó a caminar con
cuidado de no pisarlas, pensando en lo fugaz que es la vida, en lo rápido que
puede acabar todo.
A los pocos minutos, distinguió a lo
lejos una pequeña figura que se movía velozmente entre la arena y el agua.
En un principio pensó que podía
tratarse de algún pequeño animal, pero al aproximarse descubrió que, en
realidad, era una niña que no paraba de correr de un lado para otro: de la
orilla a la arena, de la arena a la orilla.
El hombre decidió acercarse un poco más para
investigar qué estaba ocurriendo:
-Hola -saludó.
-Hola -le respondió la niña.
-¿Qué haces corriendo de aquí para allá? -le
preguntó con curiosidad.
La niña se detuvo durante unos instantes,
cogió aire y le miró a los ojos.
-¿No lo ves? -contestó sorprendida- Estoy devolviendo las estrellas al mar para que no se mueran.
El hombre asintió con lástima.
-Sí, ya lo veo, pero no te das cuenta de que
hay miles de estrellas en la arena, por muy rápido que vayas jamás podrás
salvarlas a todas... tu esfuerzo no tiene sentido.
La niña se agachó, cogió una estrella que
estaba a sus pies y la lanzó con fuerza al mar. -Para esta sí que ha tenido
sentido.
Los zapatos del hombre afortunado
Hace ya mucho, mucho tiempo... en un reino
muy, muy lejano... había un rey cuyo poder y riqueza eran tan enormes como
profunda era la tristeza que cada día le acompañaba.
Lo tenía todo y aun así no conseguía ser
feliz, siempre sentía que le faltaba algo. Un día, harto de tanto sufrimiento,
anunció que entregaría la mitad de su reino a quien consiguiera devolverle la
felicidad.
Tras el anuncio, todos los consejeros de la
corte comenzaron a buscar una cura. Trajeron a los sabios más prestigiosos, a
los magos más famosos, a los mejores curanderos… incluso buscaron a los más
divertidos bufones, pero todo fue inútil, nadie sabía cómo hacer feliz a un rey
que lo tenía todo.
Cuando, tras muchas semanas, ya todos se
habían dado por vencidos, apareció por palacio un viejo sabio que aseguró tener
la respuesta: “Si hay en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar
al rey. Solo tenéis que encontrar a alguien que, en su día a día, se sienta
satisfecho con lo que tiene, que muestre siempre una sonrisa sincera en su
rostro, que no tenga envidia por las pertenencias de los demás… Y cuando lo
halléis, pedidle sus zapatos y traedlos a palacio.
Una vez aquí, su majestad deberá
caminar un día entero con esos zapatos. Os aseguro que a la mañana siguiente se
habrá curado”.
El rey dio su aprobación y todos los consejeros comenzaron la búsqueda.
Tras muchos días de búsqueda, llegó un
mensajero a palacio para anunciar que, por fin, habían encontrado a un hombre
feliz. Se trataba de un humilde campesino que vivía en una de las zonas más
pobres y alejadas.
El rey, al conocer la noticia, mandó buscar
los zapatos de aquel afortunado. Les dijo que a cambio le dieran cualquier cosa
que pidiera. Los mensajeros iniciaron un largo viaje y, tras varias semanas, se
presentaron de nuevo ante el monarca.
-Bien, decidme, ¿lo habéis conseguido?
¿Habéis localizado al campesino?
-Majestad, tenemos una noticia buena y una
mala. La buena es que hemos encontrado al hombre y en verdad que es feliz. Le
estuvimos observando y vimos la ilusión en su mirada en cada momento del día.
Hablamos con él y nos recibió con una amplia sonrisa y con la alegría reflejada
en sus ojos…
-¿Y la mala? -preguntó el rey
impaciente. -Que no tenía zapatos.
El hombre que plantaba manzanos
Un viejo hombre, ya cercano a los noventa años, llevaba toda la mañana preparando un pequeño trozo de tierra en el jardín de su casa. Había quitado las malas hierbas, había cercado con unas maderas un trozo de terreno y, con una pequeña pala, estaba cavando varios agujeros en el suelo.
Desde la casa de enfrente, su vecino lo
había estado observando desde hacía ya más de una hora. Finalmente, preso de la
curiosidad, se acercó para ver lo que hacía. -Buenos días, vecino -le saludó.
-Buenos días -le contestó mientras abría una
bolsa de semillas y las iba depositando en los agujeros.
-¿Qué está usted haciendo?
-Ah, esto... es que voy a plantar unos
cuantos manzanos.
Su vecino no pudo contenerse y comenzó
a reír a carcajadas.
-Pero, ¿en serio espera llegar a comer las
manzanas que den esos árboles?
-Seguramente no -contestó el anciano-, pero toda mi vida he comido manzanas de árboles que no he plantado.



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