martes, 27 de mayo de 2025

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Conoce más sobre EL TEXTO NARRATIVO

 

 ¿Qué es un Texto Narrativo?

Es un tipo de texto que relatan hechos reales o ficticios que les suceden a unos personajes en un tiempo y lugar determinados. La principal finalidad de este tipo de texto es contar una historia, con el objetivo de entretener, informar, conmover o transmitir un mensaje.


  • Elementos fundamentales de la narración: 
  1. Narrador: Es la voz que cuenta la historia. Puede ser:
             Protagonista ( 1ra persona)
           Testigo (1ra  3ra persona)
           Omnisciente (3ra persona)


                                                        
2.Personajes: Son los seres que protagonizan o participan en la historia. A través de ellos se desarrollan los hechos y se genera la trama. Se clasifican en:
 Principales ( protagonista, antagonista):
 Protagonista: Es el personaje principal, alrededor del cual gira la acciòn.
 Antagonista: Es el personaje o la fuerza que se opone al protagonista.
Secundarios ( ayudantes, testigos): Son aquellos que, aunque no son centrales, contribuyen al desarrollo de la trama.   


3.Espacio: Se refiere al lugar o los lugares donde se desarrollan los acontecimientos. Puede ser un entorno físico (una casa, un bosque, una ciudad), un ambiente social o incluso un espacio mental.


4. Tiempo: Es el momento o la época en que transcurre o se desarrollan los acontecimientos ( puede ser lineal o alterado mediante retrospecciones o anticipaciones).

 5. Acciones: Serie de hechos que constituyen el argumento.     


Estructura de un cuento:
  • Inicio: Presentación de los personajes, el lugar y la situación inicial.
  • Nudo: Aparece el conflicto o problema central.
  • Desenlace: Resolución del conflicto, cierre de la historia.



Galería de cuentos  

La rosa y el sapo

En un precioso jardín, una rosa y un sapo habían ido creciendo juntos. Durante mucho tiempo compartieron todo tipo de vivencias, secretos y, sobre todo, una amistad que parecía eterna.

La vida iba pasando y el sapo observaba cómo su amiga se volvía cada vez más y más hermosa. Para él era un placer ir a visitarla, saltar a su alrededor y contarle todo lo que sucedía fuera de aquel jardín.

Pero la rosa comenzó a darse cuenta de su hermosura y de la atracción que ejercía sobre la gente que la miraba.

El único problema era que, de vez en cuando, aparecía un sapo dando saltos a su alrededor que espantaba a los que se acercaban.

Llegó el día en el que la rosa, ya cansada de la situación, habló con el sapo.

-Oye -le dijo-, ¿no podrías hacer lo mismo que haces aquí, eso de ir saltando de un lado a otro, en cualquier otra parte del jardín? -Pero... -contestó confundido- hasta ahora nunca te había molestado mi presencia, siempre te había gustado tenerme alrededor... -Sí, es cierto, pero me he dado cuenta de que espantas a todos los visitantes que vienen a verme. Les asustas y además... tu aspecto ya no armoniza con mi belleza.

-Vaya... -contestó triste el sapo- qué lejos han quedado aquellos tiempos...

Ambos se quedaron callados durante una eternidad. Él esperando una rectificación y ella, en cambio, esperando a que se fuera. -Vale... -contestó finalmente el sapo- no te preocupes, el jardín es muy grande, puedo irme a cualquier otro sitio -y se alejó de allí.

Y la primavera pasó, y el verano, y también el otoño...

Y durante todo aquel tiempo, ambos hicieron su vida por separado. No volvieron a verse en meses, hasta que un día el sapo decidió acercarse a visitar a la rosa.

Pero al llegar se quedó totalmente sorprendido. Su amiga, aquella bonita flor, estaba ahora marchita, apenas quedaba rastro de la belleza que había tenido meses atrás. Sus pétalos estaban agujereados, su tallo caído...

-Hola, Rosa.

-Hola, Sapo -contestó ella con rocío en las mejillas.

-Pero, qué te ha pasado? qué te han hecho?

¿por qué tienes tan mal aspecto?

-No lo sé. Los primeros días todo fue bien, pero poco a poco comenzaron a comerme los bichos, sobre todo las hormigas. Un día un picotazo aquí, otro día otro picotazo allá y se han apoderado de mí...

-¡Ay, Rosa! -le contestó el sapo- nunca te diste cuenta de que antes había alguien que se comía todos esos bichos que estaban cerca de ti. Estabas demasiado ocupada observando tu propia belleza.


Las estrellas de mar

Una mañana de invierno, un hombre que salía a pasear cada día por la playa, se sorprendió al ver miles de estrellas de mar sobre la arena, prácticamente estaba cubierta toda la orilla.

Se entristeció al observar el gran desastre, pues sabía que esas estrellas apenas podían vivir unos minutos fuera del agua.

Resignado, comenzó a caminar con cuidado de no pisarlas, pensando en lo fugaz que es la vida, en lo rápido que puede acabar todo.

A los pocos minutos, distinguió a lo lejos una pequeña figura que se movía velozmente entre la arena y el agua.

En un principio pensó que podía tratarse de algún pequeño animal, pero al aproximarse descubrió que, en realidad, era una niña que no paraba de correr de un lado para otro: de la orilla a la arena, de la arena a la orilla.

El hombre decidió acercarse un poco más para investigar qué estaba ocurriendo:

-Hola -saludó.

-Hola -le respondió la niña.

-¿Qué haces corriendo de aquí para allá? -le preguntó con curiosidad.

La niña se detuvo durante unos instantes, cogió aire y le miró a los ojos.

-¿No lo ves? -contestó sorprendida- Estoy devolviendo las estrellas al mar para que no se mueran.

El hombre asintió con lástima.

-Sí, ya lo veo, pero no te das cuenta de que hay miles de estrellas en la arena, por muy rápido que vayas jamás podrás salvarlas a todas... tu esfuerzo no tiene sentido.

La niña se agachó, cogió una estrella que estaba a sus pies y la lanzó con fuerza al mar. -Para esta sí que ha tenido sentido.


Los zapatos del hombre afortunado

Hace ya mucho, mucho tiempo... en un reino muy, muy lejano... había un rey cuyo poder y riqueza eran tan enormes como profunda era la tristeza que cada día le acompañaba.

Lo tenía todo y aun así no conseguía ser feliz, siempre sentía que le faltaba algo. Un día, harto de tanto sufrimiento, anunció que entregaría la mitad de su reino a quien consiguiera devolverle la felicidad.

Tras el anuncio, todos los consejeros de la corte comenzaron a buscar una cura. Trajeron a los sabios más prestigiosos, a los magos más famosos, a los mejores curanderos… incluso buscaron a los más divertidos bufones, pero todo fue inútil, nadie sabía cómo hacer feliz a un rey que lo tenía todo.

Cuando, tras muchas semanas, ya todos se habían dado por vencidos, apareció por palacio un viejo sabio que aseguró tener la respuesta: “Si hay en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Solo tenéis que encontrar a alguien que, en su día a día, se sienta satisfecho con lo que tiene, que muestre siempre una sonrisa sincera en su rostro, que no tenga envidia por las pertenencias de los demás… Y cuando lo halléis, pedidle sus zapatos y traedlos a palacio.

Una vez aquí, su majestad deberá caminar un día entero con esos zapatos. Os aseguro que a la mañana siguiente se habrá curado”.

El rey dio su aprobación y todos los consejeros comenzaron la búsqueda.

Pero algo que en un principio parecía fácil, resultó no serlo tanto: pues el hombre que era rico, estaba enfermo; el que tenía buena salud, era pobre; el que tenía dinero y a la vez estaba sano, se quejaba de su pareja, o de sus hijos, o del trabajo… Finalmente se dieron cuenta de que a todos les faltaba algo para ser totalmente felices.

Tras muchos días de búsqueda, llegó un mensajero a palacio para anunciar que, por fin, habían encontrado a un hombre feliz. Se trataba de un humilde campesino que vivía en una de las zonas más pobres y alejadas.

El rey, al conocer la noticia, mandó buscar los zapatos de aquel afortunado. Les dijo que a cambio le dieran cualquier cosa que pidiera. Los mensajeros iniciaron un largo viaje y, tras varias semanas, se presentaron de nuevo ante el monarca.

-Bien, decidme, ¿lo habéis conseguido? ¿Habéis localizado al campesino?

-Majestad, tenemos una noticia buena y una mala. La buena es que hemos encontrado al hombre y en verdad que es feliz. Le estuvimos observando y vimos la ilusión en su mirada en cada momento del día. Hablamos con él y nos recibió con una amplia sonrisa y con la alegría reflejada en sus ojos…

-¿Y la mala? -preguntó el rey impaciente. -Que no tenía zapatos.

El hombre que plantaba manzanos

Un viejo hombre, ya cercano a los noventa años, llevaba toda la mañana preparando un pequeño trozo de tierra en el jardín de su casa. Había quitado las malas hierbas, había cercado con unas maderas un trozo de terreno y, con una pequeña pala, estaba cavando varios agujeros en el suelo.


Desde la casa de enfrente, su vecino lo había estado observando desde hacía ya más de una hora. Finalmente, preso de la curiosidad, se acercó para ver lo que hacía. -Buenos días, vecino -le saludó.

-Buenos días -le contestó mientras abría una bolsa de semillas y las iba depositando en los agujeros.

-¿Qué está usted haciendo?

-Ah, esto... es que voy a plantar unos cuantos manzanos.

Su vecino no pudo contenerse y comenzó a reír a carcajadas.

-Pero, ¿en serio espera llegar a comer las manzanas que den esos árboles?

-Seguramente no -contestó el anciano-, pero toda mi vida he comido manzanas de árboles que no he plantado.

Entradas NARRATIVAS

 

ENTRADA 1:

Observa el video a continuación CLIC AQUI:

LA CAPERUCITA ROJA 

Había una vez una dulce niña que quería mucho a su madre y a su abuela. Les ayudaba en todo lo que podía y como era tan buena el día de su cumpleaños su abuela le regalo una caperuza roja. Como le gustaba tanto e iba con ella a todas partes, pronto todos empezaron a llamarla Caperucita roja. 

Un día la abuela de Caperucita, que vivía en el bosque, enfermó y la madre de Caperucita le pidió que le llevara una cesta con una torta y un tarro de mantequilla. Caperucita aceptó encantada. 

- Ten mucho cuidado Caperucita, y no te entretengas en en bosque.

- ¡Sí mamá!

La niña caminaba tranquilamente por el bosque cuando el lobo la vio y se acercó a ella.                                       

En ese momento el cazador que lo había visto entrar en la casa de la abuelita comenzó a preocuparse. Había pasado mucho rato y tratándose de un lobo…¡Dios sabía que podía haber pasado! De modo que entró dentro de la casa. Cuando llegó allí y vio al lobo con la panza hinchada se imaginó lo ocurrido, así que cogió su cuchillo y abrió la tripa del animal para sacar a Caperucita y su abuelita.

- ¿Dónde vas Caperucita? 
- A casa de mi abuelita a llevarle esta cesta con una torta y mantequilla.
- Yo también quería ir a verla…. así que, ¿por qué no hacemos una carrera? Tú ve por ese camino de aquí que yo iré por este otro.
- ¡Vale!
- ¿Quién es?, contestó la abuelita
- Soy yo, Caperucita - dijo el lobo
- Que bien hija mía. Pasa, pasa
El lobo entró, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un bocado. Se puso su camisón y se metió en la cama a esperar a que llegara Caperucita.
La pequeña se entretuvo en el bosque cogiendo avellanas y flores y por eso tardó en llegar un poco más. Al llegar llamó a la puerta.
- ¿Quién es?, contestó el lobo tratando de afinar su voz
- Soy yo, Caperucita. Te traigo una torta y un tarrito de mantequilla.
- Qué bien hija mía. Pasa, pasa
Cuando Caperucita entró encontró diferente a la abuelita, aunque no supo bien porqué.
- ¡Abuelita, qué ojos más grandes tienes!
- Sí, son para verte mejor hija mía
- ¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
- Claro, son para oírte mejor…
- Pero abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!
- ¡¡Son para comerte mejor!!
En cuanto dijo esto el lobo se lanzó sobre Caperucita y se la comió también. Su estómago estaba tan lleno que el lobo se quedó dormido.

De modo que le llenó la tripa de piedras y se la volvió a coser. Cuando el lobo despertó de su siesta tenía mucha sed y al acercarse al río, ¡zas! se cayó dentro y se ahogó.
Caperucita volvió a ver a su madre y su abuelita y desde entonces prometió hacer siempre caso a lo que le dijera su madre.

El lobo mandó a Caperucita por el camino más largo y llegó antes que ella a casa de la abuelita. De modo que se hizo pasar por la pequeña y llamó a la puerta. Aunque lo que no sabía es que un cazador lo había visto llegar.

- Hay que darle un buen castigo a este lobo, pensó el cazador.



ENTRADA 2:

Un Lobo Amigable y Tres Cerditos Perdidos

"Erase una vez en lo profundo del bosque, tres pequeños cerditos, agotados y desorientados, buscaban un lugar seguro para refugiarse." Mientras caminaban uno de ellos, por descuido, resbaló y  cayó en un agujero profundo. Sus hermanos, desesperados, buscaban alguna señal de auxilio. Cuándo de pronto un ruido en los arbustos llamó su atención. Uno de los cerditos, se acerco curioso a ver que era ese ruido y de los arbustos salió un lobo. Los cerditos aterrorizados, le rogaron al lobo que no los devorara. Sin embargo, para su sorpresa, el lobo, con una voz calmada, les respondió que era vegetariano. Ya mas tranquilos los cerditos, al percibir que el lobo era amigable, le pidieron ayuda para sacar a su hermano del agujero. El lobo, sin dudarlo, busco una cuerda y, con gran destreza, logró rescatar al cerdito. Una vez a salvo, el lobo los guio fuera del denso bosque.

Semanas después, los cerditos, ya ubicados en una parte del bosque, se encontraron nuevamente con el lobo. Esta vez, el lobo parecía preocupado, ya que se acercaba una tormenta y no había conseguido terminar la construcción  de su hogar. Los cerditos, que resultaron ser habilidosos  constructores, le aseguraron que no se preocupara y que le ayudarían. Juntos trabajaron arduamente, ladrillo por ladrillo, hasta que terminaron de construir la casa. Desde aquel día, el lobo y los tres cerditos forjaron una muy buena amistad.   

 

Entrada 3:

El Susurro del Río Changuinola

 

Cuando Elías tenía diez años, escuchó por primera vez la leyenda del "Susurro del Río", una historia que los ancianos del barrio El Empalme contaban bajo la luz tenue de los faroles. Decían que, en las noches de luna llena, el río Changuinola murmuraba secretos a quienes se atrevían a escuchar con el corazón abierto.

Elías, curioso e intrépido, decidió comprobarlo por sí mismo. Una noche, cuando la luna brillaba como una linterna gigante en el cielo caribeño, se escapó de su casa con una linterna vieja y su perro Chocolate. Caminaron entre los cultivos de banano y los caminos de tierra hasta llegar a la orilla del río.
Se sentó en silencio, escuchando el rumor del agua. Al principio, solo oyó el canto de los grillos y el croar de las ranas. Pero luego, como si el viento llevara palabras, creyó escuchar una voz suave que le decía:
—"Protege lo tuyo, pequeño guardián..."
Elías no supo si era su imaginación o el río hablándole de verdad. Pero desde esa noche, algo cambió. Comenzó a recoger basura del río, a plantar árboles con su abuela, y a contarles a sus amigos lo que había escuchado. Se convirtió en un defensor del agua, del monte y del alma de Bocas.
Años después, cuando Changuinola enfrentó una gran sequía, fue Elías —ya adulto y biólogo— quien ayudó a la comunidad a restaurar los manglares y reforestar las riberas.
Y todavía, en las noches de luna llena, se le ve sentado junto al río, con Chocolate ya viejo a su lado, escuchando... por si el río tiene algo nuevo que decir.


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